Textos para el domingo

Por Irreductible, el 14 septiembre, 2008. Categoría(s): historia antigua • libros ✎ 1

Los romanos, que tan orgullosos estaban de su ciudad, conocían, desde niños, esta leyenda:

Érase una vez la diosa del amor, Venus, que se enamoró de un mortal, el noble troyano Anquises, y concibió de él un hijo, Eneas. Cuando la ciudad de Troya fue conquistada y destruida por los griegos, Eneas escapó de la matanza y se hizo a la mar con un puñado de fugitivos en busca de otra tierra donde establecerse.

Después de diversas aventuras y fracasos, desembarcaron en Italia, cerca del río Tíber, en los dominios del rey Latino, que era descendiente del dios Saturno.

Este Latino concedió a Eneas la mano de su bella hija, la princesa Lavinia.

Un hijo de la feliz pareja, Ascanio, fundaría, años más tarde, la ciudad de Alba Longa e inauguraría la prestigiosa dinastía que habría de reinar en ella durante muchas generaciones.

Siglos pasaron y uno de los descendientes de Ascanio, el rey Numitor, fue destronado y expulsado de Alba Longa por su taimado hermano Amulio.

Además, el usurpador obligó a su sobrina, la bella Rea Silvia, a consagrarse a la diosa Vesta, lo que es tanto como decir que la metió en un convento de clausura para que no pudiera tener hijos que propagaran la simiente del destronado Numitor.

Pero Marte, el dios de la guerra, se prendó de la bella muchacha y la empreñó. Rea Silvia dio a luz dos hermanos gemelos a los que puso por nombres Rómulo y Remo. Cuando el malvado Amulio tuvo noticias del parto decidió desembarazarse de las criaturas y ordenó que las arrojaran al Tíber, pero la criada encargada de cumplir tan cruel sentencia se apiadó de los niños y los depositó en una cestilla de mimbre que, discurriendo río abajo, fue a encallar entre las raíces de una providencial higuera que crecía al pie mismo del monte Palatino.

Una loba, a la que los cazadores habían matado su reciente camada, percibió el llanto de los pequeñuelos y, colocándose encima de ellos, permitió que mamasen de sus doloridas ubres.

Luego, con maternal instinto, los crió y ellos crecieron robustos y lobunos hasta que se hicieron hombres. Pasaron los años y Rómulo y Remo, con las vueltas del tiempo, vinieron a saber la historia de su origen. Entonces fueron a Alba Longa, mataron al usurpador Amulio y restituyeron a su anciano abuelo Numitor en el trono de la ciudad.

Cumplida esta justicia, regresaron a los parajes donde los había criado la loba y fundaron allí la ciudad de Roma. Y ahora viene la parte más dramática de la leyenda: en el curso de una ceremonia sagrada, Rómulo dibujó, en torno al escarpe del Palatino, el surco cuadrangular sobre el que había de elevarse el muro de la nueva ciudad.

Pero Remo, celoso, deshizo de una patada la señal de tierra.

Este sacrilegio le costó la vida porque el severo fundador le hundió el cráneo con su azada. Sobre tan terrible sacrificio propiciatorio, vertida la sangre de Venus y Marte, amor y guerra, Roma quedaba consagrada.

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Extraido del LIbro Roma de los Césares de Juan Eslava Galán

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Por Irreductible, publicado el 14 septiembre, 2008
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