Del miedo a la comprensión

Año 11.000 a.C

Las noches son oscuras, verdaderamente oscuras.

Desde nuestra acomodada realidad en las ciudades, apenas si podemos hacernos ya una pequeña idea de la verdadera oscuridad, el negro paño que lo ocultaba todo en aquellas lejanas noches.

Agrupados, escondidos, dormíamos con un ojo abierto. Cualquier ruido en la lejanía significaba un peligro para la prole. Unos desdibujados movimientos en algún matorral alertaban a los hombres de aquellos años. El susurro cercano de cualquier animal ponía en alerta los rudimentarios sistemas de defensa de la tribu.

Las noches eran oscuras, sí, pero el cielo era hermoso.
Luces que brillaban, hogueras encendidas en el firmamento… Algo de luz en aquella negra tela.

Y el hombre miraba al cielo.
Y el hombre miraba arriba en la noche.

El Sol salía creando el día y el hombre recuperaba su incipiente dominio de la Naturaleza y volvía a sus palos, a sus piedras y a la caza.

Pero las noches eran distintas… el hombre miraba y comprobaba que algo armonioso había en aquellas luces. Siempre los mismos astros, siempre las mismas luces moviéndose durante la noche.

Pero no siempre eran iguales.

De vez en cuando aparecía algo asombroso. Algo que rompía en pedazos aquella simetría cósmica a la que ya se habían acostumbrado.

Bolas de fuego que dejaban una estela en el firmamento… Cometas que desconcertaban a su paso el frágil sistema de conocimientos de cualquier época…

Eran signos terroríficos caidos del cielo.

Y el hombre siguió mirando al cielo… y los años pasaron… los siglos pasaron… Hubo guerras, hambre, epidemias, Reyes y Dioses…

Y los cometas aparecían por sorpresa, sin avisar… y pensaron que eran símbolos, que presagiaban desastres, que traían mensajes… Mensajes de un Dios que va a llegar a la Tierra… Mensajes de una catástrofe que esta por venir… Avisos de malas noticias, malos augurios.

En 1680 en España había un Rey que, por la decadencia endogámica de los Austrias, había nacido raquítico y escuálido. Su nombre era Carlos II y creció enfermizo, hasta tal punto que en la Corte se hablaba de brujería y hechizería… Eran tiempos miedosos, beatos y supersticiosos.

Una noche de aquel año, al otro lado del mundo, en la Capital del Virreinato de Nueva España, el cielo se vió fracturado por la estela amenazadora de un cometa.

Las gentes se presignaron, rezaron y cerraron sus casas a cal y canto.

Pero alguién salió y en aquella noche de miedo, volvió a mirar al cielo cómo lo hacíamos hace miles de años. Mientras los habitantes corrían hacia las Iglesias, él sacó su catalejo y se puso en camino, a través de las calles vacías, hacia la Plaza Mayor.

Ajustó el trípode y colocó aquel catalejo en posición… Nadie quedaba ya, tan sólo él y aquella luz.

Pasó toda la noche mirando al cielo, tomó notas y se sintió afortunado por haber asistido a aquel acontecimiento. Al año siguiente, 1681, publicó un escrito al que tituló: Manifiesto contra los Cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos.

Aquel hombre se llamaba Carlos de Sigüenza y Góngora, y ha pasado totalmente de puntillas por la Historia, por lo que hoy, os recomiendo que pinchéis este enlace y leáis los míseros 7 párrafos que la Wikipedia le dedica a su vida… Os sorprenderá.

Un pequeño recuerdo de la Aldea para un Astrónomo razonable.



Por Irreductible
Publicado el ⌚ 19 septiembre, 2008
Categoría(s): ✓ astronomia • ciencia • personajes