MiniFicha 32 – Qué buen general… pero qué mal jinete

Casi todos los grandes de la Historia han ido acompañados de un caballo… Alejandro y bucéfalo, El Cid y Babieca, Anibal y Strategos… incluso nuestro particular Quijote tuvo a su Rocinante.

Napoleón los superó a todos…

No podría decir un porcentaje exacto, pero de los numerosísimos cuadros, esculturas y retratos de Napoleón Bonaparte, un alto porcentaje de ellos son a caballo. El emperador gustaba de esta clase de homenajes ecuestres y siempre que tuvo ocasión se hizo inmortalizar a lomos de briosos corceles.

Napoleón sentía especial debilidad por este animal. Le encantaban y tuvo la no despreciable cantidad de 130 caballos para su uso personal.

Sus caballos preferidos eran los árabes y se trajo un buen puñado para sus cuadras imperiales en su etapa egipcia. Pero también le gustaban los españoles; quince de ellos se los regaló Carlos IV en el verano de 1800. Porque, allí donde iba Napoleón, los monarcas locales, conociendo su afición, le regalaban caballos: de Rusia también obtuvo un buen número donados por el Zar Alejandro o de Babaria… aunque estos últimos no le gustaban mucho, ya que eran caballos enormes y le hacían parecer demasiado pequeño.

Napoleón les ponía nombres a todos… nombres grandilocuentes inspirados en la mitología como Cyrus, Taurus o Tamerlan. También les bautizaba con lugares o victorias en sus batallas. De esta manera Cyrus fue renombrado más tarde como Austerlitz.

Sin embargo, Napoleón no era un buen jinete…

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Su físico era irregular: su complexión pequeña, sus piernas excesivamente cortas o su escasa estatura no hacían del corso un buen jinete… Su imagen subido a un gran caballo se acercaba mucho a lo que podemos calificar como cómica.

Entre la tropa eran conocidos sus frecuentes achuchones al caballo, algunos de ellos terminaban en caida… y no faltó alguna voz entre la soldadesca que, en voz baja cuchicheaba: “Que buen general… pero que mal jinete”.

La estampa de Napoleón a caballo fue una de las más pintadas y esculpidas, sin embargo los artistas se las veían y se las deseaban para realizar una obra acorde con las directrices del emperador y tuvieron que “retocar” algunos detalles… evidentemente, las piernas del emperador no podían quedar colgando como las de un niño a lomos de un enorme caballo…

A pesar de estas caidas, el carácter del emperador era tozudo y envalentonado. Y cubría estas deficiencias, con arrojo y energía como aquella vez que atravesó los caminos de Valladolid a Burgos (120 kilómetros) en tan sólo tres horas y media… y sin volver la vista atrás cuidándose de los frecuentes bandoleros y guerrilleros españoles.

Pero hay que decirlo… Napoleón se caía del caballo… qué le vamos a hacer…

Una de estas frecuentes caídas tuvo un significado premonitorio… en esa ocasión y preparándose para comenzar la campaña de Rusia, unas liebres asustaron a su caballo y Napoleón, sin poder dominarlo, cayó de bruces al suelo. El emperador, se levantó como si no hubiera pasado nada y se subió de nuevo al animal. Quienes le acompañaban en aquel momento, no se atrevieron a decir ni media palabra y aunque en un principio Napoleón intento quitarle importancia al asunto, lo cierto es que estuvo de mal humor durante todo el día…

Al final de su vida, una de las cosas que más añoró en su destierro en la isla de Santa Elena, fueron sus queridos caballos y amargamente se quejaba: “Me habéis encerrado entre cuatro paredes con un aire malsano,  A mí, que he recorrido a caballo toda Europa! ¡Qué lejanos parecían entonces aquellos tiempos pasados a lomos de Roitelet, Emir, Intendent o Marengo!”

Fuentes y más información:

Lo de Napoleón y sus caidas lo sabía hace muchos años, por eso me ha encantado encontrar en Wikipedia un apartado especial sobre los Caballos de Napoleón. También podéis echarle un vistazo al grupo de Sólo Napoleón con una gran cantidad de información. Para los más curiosos dejo los enlaces a ArteHistoria y Napoleón.org



Por Irreductible
Publicado el ⌚ 15 enero, 2009
Categoría(s): ✓ batallas • curiosidades de la historia • Minificha