Miren allí, donde apunta el dedo de Le Verrier

La noche del 13 de marzo de 1781 cogió al joven William Herschel en el pequeño jardín de su vivienda en Bath, al sur de Inglaterra, pegado como de costumbre a la mira de uno de los telescopios reflectores que él mismo y su hermana Caroline habían logrado diseñar y construir de manera autodidacta.

En la inmensidad cósmica que llegaba hasta aquellos pulidos espejos y desde la oscura profundidad la noche, apenas adornada con el brillo de algunas débiles estrellas lejanas, el astrónomo alemán acertó a distinguir un objeto borroso que en principio calificó y anotó como un posible cometa.

Con el paso de los años y mediante una continua observación y estudio de aquel fenómeno, la verdad fue por fin revelada: en realidad no se trataba de un cometa sino de un planeta… un nuevo planeta de nuestro sistema solar al que durante varias décadas se conoció como “El Planeta Jorge”, en honor al Rey de Inglaterra, pero que finalmente, y continuando con la tradición mitológica precedente para bautismos planetarios, llegaría hasta nosotros con el nombre de Urano.

El descubrimiento de aquel nuevo vecino llenó de curiosidad y expectación las instituciones científicas de todos los países que reorganizaron sus actividades y apuntaron sus telescopios hacia aquel recién nacido. El bebé Urano era el centro de atención de todos los astrónomos que comenzaron a recopilar multitud de datos sobre su distancia, su rotación, su órbita…

Uno de estos nuevos incorporados al estudio fue el matemático francés Urbain Le Verrier que, con algo más de medio siglo de separación desde el descubrimiento de Urano por Herschel, se dispuso a realizar sus propios cálculos sobre la órbita del planeta con la ayuda del director del Observatorio de París, su amigo y también matemático, François Arago.

Sin embargo, a Le Verrier no le salían las cuentas…

Imagen: Urbain Le Verrier y Neptuno

La órbita de Urano no seguía las pautas que debería a la luz de las teorías de Newton y Kepler. Algo perturbaba los movimientos orbitales de aquel planeta y, tras tirar a la papelera muchas hojas con operaciones, el francés creyó saber de qué se trataba.

Utilizando solamente su intuición y las matemáticas, Le Verrier predijo la existencia de otro planeta que modificaba la órbita de Urano. Envió sus cálculos al astrónomo alemán Johann Gottfried Galle y le pidió que apuntara sus telescopios hacia una región concreta del cielo… y acertó.

Allí, donde Le Verrier señalaba, y con menos de un grado de error, el 23 de septiembre de 1846, Galle encontró al causante de las anomalías en la órbita de Urano… un nuevo planeta al que bautizaron con el nombre del dios romano de los mares: Neptuno.

Un gran descubrimiento realizado a golpe de pluma, tinta y borrón.

Pasado algo más de siglo y medio del descubrimiento calculado de Neptuno, hemos asistido a los más increíbles avances astrofísicos, hemos enviado sondas espaciales que lo han fotografiado de cerca, incluso hemos encontrado miles de nuevos planetas fuera de nuestro sistema solar, a miles de años luz de distancia… y no obstante, el sistema de Le Verrier sigue siendo el mismo.

Bien es cierto que hemos cambiado la pluma y la tinta por potentes superordenadores capaces de realizar millones de operaciones por segundo, pero en el fondo, el funcionamiento se mantiene inalterado. Se observa, se recopilan datos, se estudian, se lanza una teoría que explica el fenómeno y finalmente se comprueba si esa teoría es correcta.

El pasado martes, 13 de diciembre, el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares daba una de las conferencias más seguidas de sus últimos tiempos. En el auditorio principal del CERN, en Ginebra, abarrotado de periodistas y científicos, los responsables de los experimentos ATLAS y CMS del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) presentaban los últimos resultados en la búsqueda del ya célebre bosón de Higgs.

Una partícula buscada con el mismo método que hace dos siglos ya utilizaba Le Verrier: Observar, estudiar los datos y decir “ahí debe haber algo, vamos a buscarlo”.

Los portavoces de los dos instrumentos, Fabiola Gianotti y Guido Tonelli, en un par de horas presentaron sus conclusiones que, aunque no representan la existencia del Higgs, sí que confirman con un elevadísimo grado de certeza dónde hay que buscarlo.

Al igual que el dedo de Le Verrier, señalando a Galle dónde buscar el huidizo Neptuno, los físicos del CERN han puesto su propio índice apuntando la región de caza. Si existe el Higgs, la zona donde con gran probabilidad podremos encontrarlo está entre los 114 y los 127 GeV de energía.

Es posible que los resultados hayan decepcionado a algunos puesto que la expectación levantada en las jornadas previas al evento parecía indicar que, por fin la esquiva partícula había sido descubierta. Sin embargo, la prudencia es una buena consejera cuando se trata de anunciar avances tan importantes; al fin y al cabo, los científicos del CERN lo que hicieron este martes fue lo mismo que Le Verrier siglos atrás. Se han limitado a sonreír, mostrar los datos y señalar con el dedo… Ahí, miren ahí… si el Higgs existe búsquenlo ahí y el año que viene lo encontrarán.

Éste artículo corresponde a la sección “Desde la cubierta del Beagle“, mi colaboración semanal con el periódico Diario de Avisos y su sección de ciencia Principia.

5 Comentarios

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Juan Carlos

Superordenadores con una capacidad de cálculo descomunal para ayudar a los descubrimientos científicos pero a mi me siguen asombrando estas personas como le Verrier, Euler, Ruffini, que armados de una pluma y un papel desentrañaron órbitas, teoremas, cálculos… ¡Qué envidia!
Salu2

ManuelManuel

Tela marinera con el “Le Verrier”.
El tio coge papel, lapiz y dice: “apunta ahí que seguro que hay un planeta”.

Acojonante.

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